Diversidad, vanguardia y conciencia, en Chile

 
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SANTIAGO, Chile.- Otro día de Santiago a Mil para dejarse llevar por el ritmo de la ciudad y por la pulsión teatral que se podría interpretar a cada paso, en cada uno de los miles de santiaguinos que la habitan. El todo como una gran puesta en escena. Así se puede ver la Plaza de Armas a las siete de la tarde cuando la "intervienen" decenas de jugadores de ajedrez que compiten en una glorieta frente a la cercanísima (están prácticamente encima) mirada de decenas de curiosos. A metros no más, un grupo de no menos de cincuenta creyentes (vaya a saber uno en qué) cantan acompañados de guitarras (de todos los tamaños y colores) y trompetas en busca de nuevos feligreses. Otros metros más allá, un grupo de espontáneos espectadores aplaude a tres acróbatas-malabaristas que se desgañitan el alma frente a la iglesia. A ellos hay que sumarles los que se sientan simplemente a tomar un helado, los que miran las pinturas y artesanías que se venden por ahí y los que nada advierten y sólo quieren llegar a sus casas. Una gran puesta en escena, sentida, orgánica, hipnótica. Como la que se acaba de ver.Será por eso que el mirar se contagia o, mejor, se prolonga. Galvarino . Ése es el nombre de la obra que terminó cerca de las siete de la tarde en el Teatro Universidad Mayor -a pocas cuadras de la Plaza de Armas-. Allí sucedió Galvarino , la obra del grupo chileno Kimen, que dirige Paula González Seguel. A partir de un hecho real ocurrido en los años 90 -la desaparición de Galvarino Ancamil Mercado en Rusia, y la noticia de su muerte en manos de una pandilla neonazi-, la dramaturga Marisol Vega Medina crea esta suerte de documental ficcionado en el que recrea la tristísima espera de sus padres y de su hermana, allá en Temuco. Familia mapuche, casa con piso de tierra, arrugas y piel morena la de sus padres, que gustan de escuchar rancheras y esperar al hijo perdido... cada día lo esperan con un plato de comida por si vuelve. Cada día, una nueva agonía cuando se pone el sol. Marisol, hermana de Galvarino -la única que lee y escribe en esa casa-, primero suavemente y luego con furia le pide a través de decenas de cartas al ministro de Relaciones Exteriores que busque a su hermano. Cuando llegan noticias, son las de su muerte. Más furia para esta Antígona que ahora quiere, con bronca, que le devuelvan el cuerpo de su hermano. Ésa es la historia, tremenda por lo real, pero vívida al extremo gracias a esa puesta que de arranque nomás eriza la piel, y...

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