El número 1, en buenas manos: Adam Scott

 
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Adam Scott siempre demostró el potencial para ser N° 1. En la Argentina fuimos testigos cuando disputó y ganó la Copa Tailhade en sus últimos días como aficionado y ya tenía juego, presencia y carisma. El australiano no perdió esas cualidades al pasar al profesionalismo, pero su carrera, si bien comenzó con éxito, no fue explosiva como muchos esperaban. Es más: tuvo pocas satisfacciones en los majors, algo inesperado para tanto talento.Si bien la precocidad es moneda común en muchos deportes -Messi, Nadal y Phelps, son prueba de ello- en el golf el desarrollo tiende a ser más lento; pensemos que pocos jugadores argentinos, incluido Cabrera, tuvieron éxitos internacionales a temprana edad y que, salvo las excepciones obvias de Woods o McIlroy, por mencionar a dos ganadores jóvenes, es menos frecuente ser testigos de carreras que despuntan rápido y con grandes títulos en el golf, fenómeno que sí ocurre en otras disciplinas. Además, la vida útil de un golfista profesional suele extenderse más allá de los 50 años, hecho casi impensable en la mayoría de los deportes más conocidos.Volviendo a Scott, lidió con un karma curioso en los grandes torneos, lo que pudo generarle un momento de quiebre irreparable en el Open Británico que virtualmente le entregó a Ernie Els en 2012. La odisea vivida en los últimos cuatro hoyos (todos bogeys), en los que encadenó una serie de tragedias dignas de Shakespeare, ante el estupor del público que asistía a una debacle, fue menos violenta pero no menos traumática que la de Jean van de Velde en Carnoustie 99. Podría haber significado el final de una carrera promisoria...

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